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viernes, 11 de noviembre de 2011

¿EMPEZAMOS A HABLAR DEL SALARIO MÁXIMO?- Carta de un empresario 15M-




ATEÍSMO DEL MERCADO

  Concebir una economía sin mercado es una aberración práctica del mismo calibre que aceptar que el mercado sea el responsable y dinamizador último de la economía. La Ciencia, que ha dado pasos en los últimos siglos que han sido fundamentales para desenmascarar la superstición, no puede prestarse a construir un nuevo fetiche, aunque esa ciencia se llame economía y el fetiche mercado.


  Los economistas nos recuerdan una y otra vez que el dinero es fundamentalmente confianza y nos repiten machaconamente que hay que ganarse la confianza de los mercados para salir de la crisis, pero ¿quiénes son los mercados para merecer tal pleitesía? El lado amable del mercado es el de un entorno donde distintos sujetos intercambian bienes y servicios. 


  Pero el lado más amargo del mercado, el que define más propiamente su identidad y al que nos referimos cuando hablamos de la crisis, está en las dinámicas que guían ese intercambio: unas dinámicas de poder, que con mano de hierro condicionan la viabilidad y el futuro de pueblos enteros.


  Nos dicen que para conseguir la confianza de los mercados, y con ellos sus capitales para financiar nuestras economías, hay que ser más eficientes, más productivos, que tenemos que hacer sacrificios para calmar su sed de lucro. Y en ello estamos. Pero que no se equivoquen quienes ven en esas vías caminos de progreso. 


  Con esos sacrificios tan sólo se refresca temporalmente una sed que no se sacia nunca del todo; una sed que no tiene patria; que no entiende de derechos humanos, ni sociales, ni laborales; que no duda en especular con aquellos bienes que son esenciales para la subsistencia de la gente; una sed que carece de sensibilidad para respetar y cuidar la casa de todos; y que carece de la grandeza de miras suficiente como para anticipar el futuro de los que vendrán después.


  La pérdida masiva de empleos; los recortes de los servicios sociales; las privatizaciones de empresas públicas rentables para pagar las deudas de las administraciones públicas mal gestionadas; los escándalos en el ámbito de la evasión fiscal; los impagos generalizados por parte de las administraciones públicas a autónomos y pequeños empresarios que han realizado responsablemente su trabajo; las subidas en las facturas de la luz, del gas o del transporte que superan ampliamente el incremento de las subidas salariales; la impunidad para quienes se saltan las reglas del juego porque han llegado a la conclusión de que el abuso es rentable; la gente desahuciada de sus casas a quienes se niega la dación; la falta de crédito de un sistema financiero que desconfía de sí mismo y que ha conseguido que los estados le cubran sus vergüenzas con cantidades astronómicas que se retraen de otras partidas vitales para un adecuado desarrollo de la vida social… ¿Son argumentos para crear el miedo entre aquellos que se separan de la ortodoxia del mercado? O por el contrario, ¿no han de ser más bien indicadores  para animarnos a abrir otras vías alternativas hacia una democratización que limite las concentraciones excesivas de poder?



LAS PREBENDAS ECANDALOASAS

  Según lo publicado últimamente tres directivos de Novacaixagalicia han cobrado 23,6 millones de euros  por  indemnización y prejubilaciones, después de que el Estado haya tenido que inyectarle a esa entidad nada menos que 2.465 millones de euros.


  De otra entidad como la CAM, que ha llegado a ser la cuarta caja de ahorros de nuestro país, hemos sabido lo que nos va a costar su quiebra a todos los contribuyentes: unos 2.800 millones de euros, según la estimación más conservadora, para algunos analistas. (El Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria ya se ha puesto manos a la obra para sanearla y posteriormente sacarla a subasta entre sus bancos competidores).


  La CAM, controlada por el PP, era la tercera Caja que quebraba, ya lo hicieron antes Caja Castilla La Mancha controlada por el PSOE y Caja Sur, controlada por la Iglesia. Esto parece indicar que la crisis no entiende de siglas. Sin embargo, hay un hecho que ha llamado la atención en la quiebra de la CAM: por primera vez el Banco de España destituyó de forma fulminantemente a toda una directora general de una entidad bancaria. Los episodios de contabilidad creativa, las indemnizaciones millonarias y la pretensión de cobrar pensiones vitalicias de sus antiguos gestores (los mismos que habían llevado la entidad a la ruina), estaban a la orden del día. En concreto, su directora, había tenido a bien adjudicarse una pensión vitalicia de 370.000 euros anuales; y otros cinco ejecutivos, por su parte,  querían asegurarse unas jubilaciones descansadas de 13,3 millones de euros.

 ¿Pero cómo se ha llegado a esta situación?
Desde el punto de vista de la gestión, a las quiebras han contribuido las fusiones fallidas, la concesión de préstamos hipotecarios ruinosos, la creciente tasa de morosidad, la ocultación de cuentas, la inoperancia del Banco de España... Pero mi pregunta en esta reflexión no va por esos derroteros. Más bien quiere centrarse en el aspecto de la autoasignación de unas prebendas que resultan escandalosas a la opinión pública; y que se repiten una y otra vez entre puestos de alta dirección de grandes entidades privadas.
  
  Esta práctica tan extendida, aunque con diversos grados de gravedad, no puede ser debida a una inevitable predisposición genética. ¿Quizá se deba a que los grandes gestores son gente con un ritmo de vida difícil de sostener? ¿O tal vez es debido a que tienen malas influencias y referencias poco constructivas como pueden ser los sueldos de los Rato, Botín o González? ¿O quizá sobrevaloren su trabajo y consideren que si en la planta de residuos de Valencia hay ocho directivos que cobran más que Zapatero, ellos, que dirigen un banco, merecen algo más?


  Personalmente, creo que se llega a esto porque el sistema económico actual sólo es un reflejo de toda una corriente de pensamiento más profunda en la que se absolutiza la libertad individual desvinculándola de la responsabilidad con el entorno social.

TRANSFORMAR DESDE LOS VALORES

  ¿Cómo podríamos conseguir que actuaran de una forma responsable individuos que ven a su alrededor que sus colegas blindan sus contratos; que están en un ambiente donde las comisiones, y los maletines están a la orden del día; donde los créditos a los altos directivos se conceden sin un mínimo rigor en muchas ocasiones y con unas condiciones llamativas y provocadoras de una dinámica de emulación?


  ¿Cómo pedirle a esta élite de los negocios que mantenga una ética intachable a contracorriente?  La propia dinámica del mercado les lleva a optar y, hasta ahora, lo que estamos viendo no es precisamente edificante. Bienvenidos sean los héroes; pero sería más realista sería crear las condiciones adecuadas para que vivir solidariamente  no sea un acto heroico.


SE HABLA MUCHO DEL SALARIO MÍNIMO, PERO ¿POR QUÉ NO EMPEZAMOS A HABLAR TAMBIÉN DEL SALARIO MÁXIMO?

  Hace tiempo se llegó a la necesidad de instaurar un salario mínimo interprofesional como reconocimiento a la dignidad básica de toda persona que trabaja y como una exigencia elemental de justicia social. Pues bien, visto lo visto, y pensando en allanar el camino para que la persona se pueda desarrollar más plenamente (la acumulación de privilegios no es fuente de mayor dignidad), creo que tiene todo el sentido del mundo proponer la necesidad de establecer un salario máximo sectorial e incluso interprofesional, en razón de la misma justicia social. 
  Y defiendo la idea de interprofesional y no sólo sectorial porque de ninguna manera me perdería el debate y las reflexiones que de él pudieran surgir a la hora de evaluar estos temas intersectorialmente.


  Cuando una persona se arroga el derecho a cobrar cientos de veces el salario de aquella otra persona que conduce su coche o le limpia el despacho ¿qué trato humano le está dando, aun cuando sea educado y salude con un sonrisa por las mañanas? ¿Se puede excluir el trato económico del trato humano?


  En esa misma línea hay que limitar las indemnizaciones por prejubilación y eliminar los blindajes por ser mecanismos que descapitalizan las empresas y hacen recaer sobre los trabajadores los costes del disfrute de los privilegios de unos pocos. Ya sé que habrá quien se sienta incómodo porque todo lo que suene a poner techos, y de forma especial si éstos afectan al enriquecimiento y a la acumulación de poder, se interpreta como una agresión; o como un elemento disuasorio que espantará a los “mejores”, a los más “cualificados”. Para quienes piensen así, les pido que entiendan en primer lugar que es por su bien y por el nuestro; y, en segundo lugar, que no basta con “saber”. Hay que preguntarse también de qué sirve todolo que se sabe.


  Como la ley por si sola pierde eficacia si no se la apoya con medidas sociales, sería bueno que cada empresa evaluara e hiciera público entre sus empleados cuánto le cuesta cada persona que trabaja en ella, desde el más humilde de los trabajadores hasta su director general. Un balance de costes del que no podrían quedar excluidos los siguientes parámetros.

- El aspecto salarial y sus cotizaciones correspondientes

- Los gastos de representación (desplazamientos, dietas, obsequios)

- Las remuneraciones en especies (vehículo de empresa, cesión de vivienda para uso particular, anticipos y préstamos por debajo del precio de mercado…)

- Otros costes como indemnizaciones, blindajes de contratos, bonos, stock options, etc.
Este primer paso no es baladí porque a menudo los mecanismos como el anonimato y la desinformación fortalecen las dinámicas de injusticia social mientras que los ejercicios de transparencia las debilitan y las hacen vulnerables. Llegados a este punto sería interesante dar un paso más allá y que la gente de recursos humanos, si es que los hay, se ganaran el sueldo y propusieran un debate sobre cuál ha de ser la relación entre el salario máximo y mínimo dentro de la empresa.

  Finalmente quedaría el aspecto formativo para que los empleados alcanzaran a entender el estado de cuentas de la empresa y se pudiera tener un debate abierto sobre las políticas de reparto de pérdidas y beneficios. A veces esto se hace con los accionistas en las grandes empresas pero no con los trabajadores.

Postdata: Estimados “amigos” de la CAM y de la NCG, si ustedes hubieran implantado en sus entidades las medidas que se acaban de citar seguramente no estarían en las fotos de los periódicos,  porque los trabajadores no les hubieran permitido sus excesos y, quizá, hasta ustedes mismos hubieran autorregulado sus ansias de privilegios. Lo que propongo no es nada imposible, en mi pequeña empresa se hace; pero si alguien les dijera que a nivel de gran empresa no se puede hacer, recomiéndele a esta persona un cambio de mentalidad; un paso hacia delante que puede facilitarle  la lectura del libro Radical de Ricardo Semler.  (Donde se demuestra el éxito al que puede conducir esta filosofía incluso en una gran empresa capitalista.
Joaquin, empresario y participante  en la Comisión  Economía de la Asamblea 15M del Barrio del Pilar.



LA ECONOMÍA EN EL RETIRO






    Michael Albert, activista y economista estadounidense de 64 años, encandiló el domingo 16 de octubre a un centenar de personas durante más de dos horas en al Parque del Retiro. Y lo hizo con algo tan árido como la economía aunque adobada en su caso con un adjetivo tan atractivo como esperanzador: Economía Participativa (PARECON por sus iniciales en inglés). 


  Albert difunde desde hace años en publicaciones, charlas y debates una serie de ideas que son, en esencia, una alternativa radical al sistema capitalista en cualquiera de sus variantes; pero también al socialismo, la planificación centralizada y el intervencionismo.

   Con un estilo sencillo, directo, salpicado de ejemplos e intentos de involucrar a su auditorio con preguntas, Albert detalló el modo en que PARECON defiende que cada persona influya sobre las decisiones económicas y lo haga de manera proporcional al modo en que esas decisiones le afectan. También insistió en superar los modelos de organización laboral reestructurando los puestos de trabajo de forma que cada trabajador comparta tanto las tareas más  gratas como las menos gratificantes. Estas dos premisas, orientadas a evitar el mando de grupos o estructuras dominantes y facilitar la autogestión, exigen nuevos mecanismos de participación en la toma de decisiones mediante los que se dirija, en función de los intereses de la mayoría, la producción, la distribución y el consumo de los recursos.
  A lo largo de su intervención, Albert proporcionó toda una serie de “perlas” que, como mínimo, incitan a la reflexión y el debate. Éstas son algunas.

   Capacidad personal y organización laboral: no todos tenemos las mismas capacidades y aptitudes, no todos podemos ser cirujanos de primera línea o deportista de élite, pero todos, convenientemente preparados y motivados, podemos realizar las tareas gratificantes y las menos gratificantes. Que una mínima parte de las personas decida, dirija y planifique el trabajo y la vida de la inmensa mayoría no es inevitable. No hay razón moral o económica para premiar a quien más suerte genética o mejor equipamiento ha recibido en la vida. Es una simple imposición del sistema capitalista, fruto, además de una visión clasista, racista y, en otros casos, sexista. Basta recordar que hace no muchos años era una especie de dogma que la mujer no era ni sería nunca apta para una actividad directiva.

Producción: En el sistema capitalista, es el mercado el que obliga a producir más y más para aguantar cierto tipo de vida no porque el hombre lo necesite para ser más libre o más feliz. Además, hay que moverse y avanzar en ese mercado a base de competición y enfrentamiento, lo que acaba siendo destructivo moral y socialmente. La PARECON antepone en la organización del trabajo la realización de la persona y su felicidad  a la producción masiva, partiendo de la base de que cuando los trabajadores se sienten a gusto no  baja la producción ni en cantidad ni en calidad, sino todo lo contrario.


Salarios y trabajo: en la lógica capitalista el salario a obtener no tiene límite, depende de la posición o fuerza del individuo; desde una óptica socialista, los ingresos de cada cual deben ser proporciónales a su aportación a la riqueza que se genere; según la PARECON, la remuneración igualitaria y la rotación en los puestos de trabajo son la vía para evitar que quienes mantengan los puestos más gratificantes se convenzan de que sucede así porque se lo merecen y piensen incluso que al desempeñarlos están haciendo un favor a la mayoría de los trabajadores. 
  La remuneración igualitaria y la rotación también contribuyen a evitar la pérdida progresiva de interés por las tareas.  Hace que ya no venga todo decidido e impuesto por los más informados; es decir, los mismos de siempre. La vaguería y el escaqueo laboral suelen nacer de la rutina y el desánimo; y se reducen en la medida en que todos los trabajadores se sientan involucrados en todo lo que se hace.


Preparación y eficacia social: frente a la tesis de que la sociedad se arruinaría si quienes toman las decisiones más importantes no son los mejor preparados, Albert defiende que no hay nadie más experto y preparado para decidir sobre lo que cada cual quiere o necesita que uno mismo. De ahí que la autogestión sea fundamental para una organización social y laboral, porque los dirigentes, por mejor voluntad que tengan, acaban decidiendo más por sus intereses y su visión de la vida que por el interés general. La otra tesis capitalista –si no hay suficientes incentivos, nadie querrá los trabajos más especializados y complejos- tampoco se sostiene en un clima social y laboral en el que las mismas personas y grupos reparten su tiempo y esfuerzo entre tareas gratificantes y menos gratificantes.


  En el animado coloquio que cerró su intervención, el economista y activista  estadounidense resaltó al menos dos ideas más. La primera, que en el camino hacia el gran objetivo de la Economía Participativa se puede y se debe propiciar todo tipo de reformas que supongan una avance en esa dirección, aunque no sean suficientemente “revolucionarias”. (Las reformas son bienvenidas mientras no nos quedemos en simples reformistas).


  La segunda idea, puede ser motivo de reflexión para el movimiento 15M: ¿Por qué decrece la participación? ¿Por qué no se genera suficiente atractivo y seguimiento como para erosionar el sistema?  


  Argumenta Michael Albert,  que los mercados y el sistema capitalista están encantados con que sigamos entretenidos fundamentalmente en nacer y morir. Por eso, si el 15M quiere progresar y ganar fuerza tiene que hacerse atractivo y según él, sólo lo será si aborda con fuerza, desechando el pesimismo y las dudas, lo que afecta a la mayoría de la gente y, por tanto, le gustaría cambiar. “No vale quejarse de lo mal que están las cosas hay que moverse y hacer ver a todos, empezando por uno mismo, que simplemente luchar y saber por qué se está luchando, permite mejorar la vida. El mayor obstáculo en esta lucha es pensar que, en el fondo, no hay alternativa al capitalismo. Es imprescindible –concluye- estar convencidos de que se puede ganar y transmitir esa convicción para que el movimiento resulte verdaderamente atractivo para un creciente número de personas”.

En el siguiente enlace hay una exposición más detallada del propio Michael Albert sobre la Economía Participativa: http://republicart.net/disc/aeas/albert01_es.htm

 Melchor. Cs. Comunicación Barrio del Pilar